II
La primera envestida había
sido dura, dolorosa… sentir como te rompían por dentro era un buen símil… Pedro
estaba sobre él, resoplando y gimiendo, como un toro a punto de recibir la
estocada fatal en Las Ventas, pero en
realidad, era él quién tenía ahora el estoque… y lo clavaba, una y otra vez, rítmicamente:
dentro, fuera, dentro, fuera, dentro, fuera… rutinariamente, casi. Había besos,
húmedos y fríos, había caricias recalentadas, olores acres, música romántica de
un Ipod ajado…. Había de todo, pero no había nada. Y entonces, se dio cuenta de
que el toro a punto de morir, no era Pedro, sino él. Él mismo, había sido
criado libre y feliz, había entrado en la plaza, y ahora, ahora, el matador lo
remataría con una estocada directa al corazón: “Te quiero, tío”.
Guille sintió asco,
repulsión, dolor… Tuvo ganas de levantarse y atrapar entre sus dientes el
cuello del otro, mordiendo, sentir la sangre cálida y ferrosa fluir… pero
aguantó otra envestida, y luego otra… y otras tantas que estaba por venir;
hasta todo paró y Pedro se dejo caer a su lado, con la cara contraída de
felicidad y ganas de mimos. Y entonces, le dijo: “Yo no te quiero, tío”.
