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jueves, 28 de marzo de 2013

II La primera envestida


II

La primera envestida había sido dura, dolorosa… sentir como te rompían por dentro era un buen símil… Pedro estaba sobre él, resoplando y gimiendo, como un toro a punto de recibir la estocada fatal en Las Ventas, pero en realidad, era él quién tenía ahora el estoque… y lo clavaba, una y otra vez, rítmicamente: dentro, fuera, dentro, fuera, dentro, fuera… rutinariamente, casi. Había besos, húmedos y fríos, había caricias recalentadas, olores acres, música romántica de un Ipod ajado…. Había de todo, pero no había nada. Y entonces, se dio cuenta de que el toro a punto de morir, no era Pedro, sino él. Él mismo, había sido criado libre y feliz, había entrado en la plaza, y ahora, ahora, el matador lo remataría con una estocada directa al corazón: “Te quiero, tío”.

Guille sintió asco, repulsión, dolor… Tuvo ganas de levantarse y atrapar entre sus dientes el cuello del otro, mordiendo, sentir la sangre cálida y ferrosa fluir… pero aguantó otra envestida, y luego otra… y otras tantas que estaba por venir; hasta todo paró y Pedro se dejo caer a su lado, con la cara contraída de felicidad y ganas de mimos. Y entonces, le dijo: “Yo no te quiero, tío”.

martes, 5 de febrero de 2013

I ¿Había ella envejecido?

... había dejado atrás la juventud.

I

Ana miraba a su hijo jugando sobre el césped. Había crecido, mucho y muy rápido. Algo de aquella idea sin embargo, le preocupaba; su hijo había crecido, ¿había ella envejecido? Sus amigas decían que las revistas decían que los psicólogos decían que la juventud era sólo un estado mental, pero las arrugas de sus manos le decían sutil, disimuladamente que aquello no era del todo cierto. Quizás no se hubiese hecho vieja, pero por primera vez se dio cuenta de que había dejado atrás la juventud.

Miró a su hijo de nuevo y le vio tan joven y tal jovial que tuvo el impulso de acercarse a él y abrazarle, protegerle con sus brazos del mundo que deterioraría su piel y su espíritu con los años. 
Como las rocas de la costa van haciéndose añicos con cada marejada se rompería, para acabar convertida en polvo y, esparcidas sus cenizas por alguna playa paradisíaca de la costa mediterránea, donde había nacido, llorara aquel niño su muerte. 

Se miró, esta vez el dorso de las manos, observando con notable disgusto las arrugas más que evidentes que se asentaban en las articulaciones de los dedos. 

Quizá era una joven envejecida... o una vieja prematura, pero en su mente despierta los colores de la juventud vibraban aún sin tregua.