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jueves, 28 de marzo de 2013

II La primera envestida


II

La primera envestida había sido dura, dolorosa… sentir como te rompían por dentro era un buen símil… Pedro estaba sobre él, resoplando y gimiendo, como un toro a punto de recibir la estocada fatal en Las Ventas, pero en realidad, era él quién tenía ahora el estoque… y lo clavaba, una y otra vez, rítmicamente: dentro, fuera, dentro, fuera, dentro, fuera… rutinariamente, casi. Había besos, húmedos y fríos, había caricias recalentadas, olores acres, música romántica de un Ipod ajado…. Había de todo, pero no había nada. Y entonces, se dio cuenta de que el toro a punto de morir, no era Pedro, sino él. Él mismo, había sido criado libre y feliz, había entrado en la plaza, y ahora, ahora, el matador lo remataría con una estocada directa al corazón: “Te quiero, tío”.

Guille sintió asco, repulsión, dolor… Tuvo ganas de levantarse y atrapar entre sus dientes el cuello del otro, mordiendo, sentir la sangre cálida y ferrosa fluir… pero aguantó otra envestida, y luego otra… y otras tantas que estaba por venir; hasta todo paró y Pedro se dejo caer a su lado, con la cara contraída de felicidad y ganas de mimos. Y entonces, le dijo: “Yo no te quiero, tío”.