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| ... había dejado atrás la juventud. |
I
Ana miraba a su hijo jugando sobre el césped. Había crecido, mucho y muy rápido. Algo de aquella idea sin embargo, le preocupaba; su hijo había crecido, ¿había ella envejecido? Sus amigas decían que las revistas decían que los psicólogos decían que la juventud era sólo un estado mental, pero las arrugas de sus manos le decían sutil, disimuladamente que aquello no era del todo cierto. Quizás no se hubiese hecho vieja, pero por primera vez se dio cuenta de que había dejado atrás la juventud.
Miró a su hijo de nuevo y le vio tan joven y tal jovial que tuvo el impulso de acercarse a él y abrazarle, protegerle con sus brazos del mundo que deterioraría su piel y su espíritu con los años.
Como las rocas de la costa van haciéndose añicos con cada marejada se rompería, para acabar convertida en polvo y, esparcidas sus cenizas por alguna playa paradisíaca de la costa mediterránea, donde había nacido, llorara aquel niño su muerte.
Se miró, esta vez el dorso de las manos, observando con notable disgusto las arrugas más que evidentes que se asentaban en las articulaciones de los dedos.
Quizá era una joven envejecida... o una vieja prematura, pero en su mente despierta los colores de la juventud vibraban aún sin tregua.
Miró a su hijo de nuevo y le vio tan joven y tal jovial que tuvo el impulso de acercarse a él y abrazarle, protegerle con sus brazos del mundo que deterioraría su piel y su espíritu con los años.
Como las rocas de la costa van haciéndose añicos con cada marejada se rompería, para acabar convertida en polvo y, esparcidas sus cenizas por alguna playa paradisíaca de la costa mediterránea, donde había nacido, llorara aquel niño su muerte.
Se miró, esta vez el dorso de las manos, observando con notable disgusto las arrugas más que evidentes que se asentaban en las articulaciones de los dedos.
Quizá era una joven envejecida... o una vieja prematura, pero en su mente despierta los colores de la juventud vibraban aún sin tregua.
